FELICIANO: UNA NIÑA DE 8 AÑOS FUE MORDIDA POR UNA YARARÁ

El episodio ocurrió el sábado por la tarde en barrio Estación de la ciudad. La pequeña  fue trasladada rápidamente al hospital local donde le administraron cuatro dosis de suero antiofídico y la estabilizaron. Posteriormente fue trasladada al hospital San Roque de la capital provincial, donde destacaron el trabajo del nosocomio de Feliciano. Recomiendan extremar precauciones y mantener el espacio domiciliario con pasto corto, libre de malezas y residuos que puedan atraer roedores que constituyen uno de los alimentos de los ofidios.

 

Foto: El ofidio que mordió a la pequeña.

 

La pequeña fue atacada por la víbora y mordida en un pie en una vivienda de calle Posadas de Barrio Estación,. Yanina, mamá de la pequeña, indicó a Realidad Regional que ante un caso similar, los médicos recomiendan concurrir inmediatamente a un centro de salud y no realizar ataduras,  torniquetes o cortar la herida, ya que se puede empeorar el cuadro.

Además destacó la atención recibida en el hospital “Francisco Ramirez” de Feliciano. “Gracias a Dios, en la guardia le colocaron suero antiofídico, mi hija no tuvo ningún síntoma, ni fiebre, ni vómitos, ni hemorragia. Ahora si debemos cuidar minuciosamente el lugar donde fue mordida para que no se infecte.” Continuó.

 

“Quiero agradecer a las enfermeras que estuvieron en la guardia y al doctor Martinez, la atención fue inmediata y en el hospital San Roque de Paraná me recalcaron que mi hija no tuvo síntomas graves gracias a la atención recibida en Feliciano”.

EXTREMAR LOS CUIDADOS

Las lesiones producidas por ofidios ponzoñosos se ven como dos orificios en el lugar de la inoculación. A la mordedura sigue un cambio de coloración en la zona, y la aparición de un intenso dolor; lo más característico es que algunas horas después de la picadura, esa puntura sangra espontáneamente.
Los síntomas y signos generales que aparecen horas después de la mordedura son sudoración; taquicardia; náuseas; vómitos; hipotensión; alteración de la visión y trastornos de la coagulación.
Ante mordeduras de ofidios desde la dependencia municipal se aconseja:

Trasladar al accidentado al centro asistencial más cercano para la obtención del suero específico.

– No intentar cazar el ejemplar.

– Retirar toda prenda o adorno (cinturón, pulsera, anillo, etc.) que pueda impedir la distensión en caso de edema.

– Mantener al paciente en reposo y administrarle líquidos.

– No realizar maniobras destinadas a extraer el veneno o impedir su circulación con laceraciones, aspiración o torniquetes.

En tanto, es importante recalcar la implementación de medidas preventivas en especial al atravesar pajonales, zonas inundadas, con hierba alta, desniveles en el terreno, huecos de árboles, cuevas, nidos o fogones abandonados.

“Cuando una persona y una serpiente se encuentran, lo normal es que esta última trate de escapar, por lo general las serpientes sólo muerden cuando son pisadas o tomadas o cuando la persona se acerca demasiado superando el umbral defensivo del ofidio”

Asimismo, se puso de manifiesto el peligro de intentar atravesar áreas poco conocidas (pajonales, bosques, selva, zonas inundadas, etc), así como trepar árboles o rocas, o caminar en zonas donde las serpientes puedan ser poco visibles por la presencia de hierba alta, desniveles u oquedades. Otra práctica de riesgo es introducir las manos en huecos de árboles, cuevas, nidos o fogones abandonados o intentar cazar o tomar serpientes con las manos cuando parecen muertas.

 

Los organismos también llaman a implementar las siguientes acciones preventivas:

– No salir al campo sin zapatos. Para caminar por la hierba alta o en la maleza lo mejor es llevar pantalón de loneta, con botamanga ancha, botas altas de cuero o goma gruesa por debajo de los pantalones.

– No acercarse a las serpientes. Si no es posible alejarse a tiempo, abstenerse de hacer movimientos bruscos. No tocar nunca a una serpiente, ni siquiera aunque parezca muerta. Algunas se quedan quietas para que no las ataquen.

 

– Indicar a los niños que no anden descalzos, que preferentemente lleven botas y una linterna cuando salgan por la noche (siempre es preferible que no salgan). Los pequeños deben ser llevados en andas al atravesar zonas con potencial presencia de ofidios.

– No levantar piedras o troncos con las manos desprotegidas, ni meter la mano o el pie en agujeros del terreno, en huecos de árboles, cuevas, nidos y fogones abandonados. Antes de pasar sobre un tronco examinar bien el otro lado por si hay serpientes y, si es posible, tantear con un palo.

– Mantener el espacio domiciliario con pasto corto, libre de malezas y residuos que puedan atraer roedores que constituyen uno de los alimentos de los ofidios.

– No dormir en el suelo. Durante el sueño la persona podría colocarse sobre una serpiente al cambiar de postura, ya que el animal podría acercarse guiada por el calor corporal.

 

LA YARARÁ

 

La yarará es considerada una especie típica de regiones del sur y centro del Brasil, sur del Paraguay, Uruguay y Argentina, siendo portadora de un fuerte veneno, lo que la hace sumamente temida.

Su vista y oídos no le resultan demasiado confiables, pero cuenta con una lengua vibrátil que no tiene relación con los mecanismos de envenenamiento y le resulta imprescindible para recibir información acerca de lo que la rodea.
Esta víbora sale a cazar especialmente cuando cae la tarde, hora en la que abundan sus presas favoritas, los roedores (lauchas de campo, ratas, conejos y cuises), a los que puede rastrear mediante su olfato. Periódicamente la yarará se desprende de su piel y esa época suele ir seguida de un incremento en la actividad de caza.
Debido a sus hábitos crepusculares y nocturnos, evita los rigores del calor y durante el día permanece oculta en refugios naturales, debajo de piedras, en huecos y hendiduras. En zonas templadas, donde el invierno es bastante riguroso, recurre a la hibernación, ese modo de suspender en una especie de largo sueño todas las actividades vitales, reduciendo la vida a sus umbrales más bajos para así resistir el invierno.
La yarará es de color amarronado o grisáceo, presentando pupila vertical, foseta loreal (órgano termosensible ubicado a ambos lados del hocico, entre el ojo y la nariz), y manchas arriñonadas (en medialuna o cuadrangulares), aunque hay variaciones como la yarará crucera (o de la cruz), que mide unos 150 cm y presenta sobre la cabeza líneas formando una cruz blanca. La yarará chica es como la descripta, pero un tanto más pequeña: La yarará ñata es de hocico respingado y vientre amarillo con manchas marrones.

 

En todos los casos los dientes inoculadores son retráctiles, guardados dentro de vainas mucosas y parecen dos agujas hipodérmicas. Su veneno destruye tejidos, provoca hasta incoagulabilidad sanguínea y hemorragias por lesión de vasos sanguíneos.

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