Ramón Carrillo: de benefactor a indigno

Por Luis María Serroels (*)

Por estos días se ha originado un episodio en el cual el Centro Simón Wiesenthal (institución dedicada a documentar las víctimas del Holocausto y registrar a los criminales de guerra nazis que avergonzaron a la raza humana), cuestionó el hecho de que los posibles billetes de $5.000 en ciernes llevasen impreso el rostro del médico argentino y ministro de Salud de Juan Perón, Ramón Carrillo. ¿Motivos? Que este hombre a fines de la década de 1940 habría revelado ser un admirador del nazismo y hasta sacado una fotografía junto al dictador y genocida alemán Adolf Hitler.

La respuesta provino de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), cuyo titular Jorge Knoblovlits, expresó “no tener ninguna certeza de que eso haya sido así”. Y recordó que “Carrillo tiene más de 200 hospitales con su nombre, fue un hombre que trabajó contra las viruelas y la peste  bubónica, fue un excelente sanitarista que ayudó a aumentar la expectativa de vida de los argentinos”. Rememoró además que “en 1949 el Estado de Israel le entregó una placa”. Alberto Fernández debería releer la historia completa.

Nunca será ocioso y con más razón en estos momentos de tanto temor y dolor ante la pandemia del Covid 19, volver a revisar la trayectoria del llamado justicieramente “Padre del Sanitarismo Argentino”.

Cicerón decía que “tal vez la gratitud no sea la virtud más importante, pero sí es la madre de todas las demás”.

Se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires, se especializó en Europa, integró diversas instituciones científicas nacionales y extranjeras, ganó importantes premios por sus avances y emprendió una vasta y fecunda tarea enfrentando enfermedades endémicas en las zonas más pobres del territorio argentino, logrando la erradicación del paludismo y encarando una efectiva campaña de vacunación antivariólica (viruela).

Impulsó la creación de innumerables hospitales, centros de salud y puestos sanitarios de frontera, habiendo duplicado la capacidad hospitalaria del país. Además escribió valiosos tratados sobre política sanitaria y teoría del hospital.

En 1951 comenzó a sufrir una enfermedad lenta pero progresiva que limitó sus actividades y minó sus fuerzas. En 1954 con su esposa y sus cuatro hijos viajó a los Estados Unidos en busca de una recuperación que resultó muy leve hasta que lo sorprendió la caída del régimen peronista, exiliándose en Brasil donde para poder sobrevivir se empleó como médico en una explotación minera de Belén do Pará.

Al año siguiente sufrió una hemorragia cerebro-vascular ante la cual se mueven numerosos médicos argentinos y brasileños. Acababa de aceptar una cátedra en la Universidad de Porto Alegre, pero ya era tarde.

Ramón Carillo, que había nacido en Santiago del Estero el 7 de marzo de 1906, falleció el 20 de diciembre de 1956. Tenía 50 años, se hallaba pobre y olvidado, sólo acompañado por su mujer, sus hijos y su hermano Santiago. Sobrevivía gracias a la generosidad de personas caritativas. Un ataque de presión le afectó sus movimientos y mermó su labor profesional y docente.

Por fortuna siguen existiendo en nuestra Argentina miles de médicos que asumen su sagrado compromiso con alta responsabilidad, sacrificio, espíritu generoso y una ética a toda prueba. Grandes compatriotas que abrazaron la ciencia médica como una forma de vida, brillan en equipos internacionales que logran prodigiosos descubrimientos para la salud mundial, sin olvidar a quienes resultaron ganadores de sendos premios Nobel para nuestro orgullo: Bernardo Houssay (Medicina en 1947), Luis Federico Leloir (Química), por trascendentes aportes a la ciencia médica en 1970 y César Milstein (Medicina en 1984). Ellos dan cuenta de esa excelencia investigadora, sin olvidar a nuestro comprovinciano Domingo Liotta, quien en 1969 en los Estados Unidos junto al cirujano Delton Cooley, implantaron el primer corazón artificial.

¿Acaso no es una muestra contundente de entrega, sacrificio, sabiduría y tesón la actuación de nuestra medicina al servicio de la lucha contra el coronavirus?

Carrillo nos remite a una colosal obra en materia de política médico-sanitaria con proyección internacional, donde sobresalieron las campañas de vacunación en una cruzada de prevención que abarcó a toda la Nación y traspasó sus fronteras.

Fuera del país –fruto de la persecución tras la destitución de Juan Perón- y en suelo brasileño, ejerció una medicina al alcance de todos y pudo acceder al dictado de algunas horas de cátedra transfiriendo su enorme caudal de conocimientos. Su Programa para Alienados que elaboró con mucho empeño  y entrega, permitió elevar del 6 al 40% el universo de enfermos neurosiquiátricos con aptitud de trabajar. Y expuso su enorme sensibilidad al rechazar la percepción de honorarios.

Una frase lo definió contundentemente: “Sólo sirven las conquistas científicas sobre la salud, si son accesibles al pueblo” (años después nuestro gran benefactor René Favaloro, sentenciaría que “Los progresos de la medicina y de la bioingeniería sólo podrán considerarse verdaderos logros para la humanidad, cuando todas las personas tengan acceso a sus beneficios y dejen de ser privilegios para las minorías”).

Quizás una de las figuras más cuestionadas y admiradas de nuestra historia sea la del general Julio Argentino Roca, Presidente de la Nación entre 1880-1886 y 1898-1904,que aún hoy sigue siendo detractado bajo la acusación de “genocida que acabó con la vida de miles de indígenas durante la llamada Campaña del Desierto, contra los pueblos mapuche y tehuelche”. Su figura apareció impresa en los billetes de 100 pesos y nadie lo cuestionó.

Estos papeles pintados se esfuman de los  bolsillos como el humo del cigarrillo, pero una desapasionada, honesta y equilibrada revisión histórica sigue siendo materia pendiente que se debe regar con comprensión y sensatez.

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