Nadie, salvo el gobierno nacional, cuenta con una máquina de imprimir billetes

Esa es la reflexión que algunos colonenses seguramente no dejaron de hacerse, al conocer una reunión de funcionarios municipales con miembros del sindicato que agrupa a su personal, en torno al tema salarios.

Según lo que surge de la información que en su momento publicáramos al respecto, y de lo que de ella no ha habido necesidad de inferir, dada la claridad de la situación, el pago en tiempo y forma de las remuneraciones de la totalidad de su planta de personal, se ha convertido en un serio problema.

La explicación es la conocida: el parate que ha significado la cuarentena, se ha traducido en una caída importante de la recaudación, y de los aportes que en conceptos diversos reciben las municipalidades de la provincia y no solo la de Colón.

Aunque nada se dijo al respecto, es de suponer que quedó cubierto bajo un manto piadoso, el proyecto de recomposición salarial para ese personal, que en tiempos menos complicados se supuso que iba a merecer su tratamiento.

De aquí en más, los pronósticos no son buenos. Cierto es que tanto los gobiernos locales como las provincias no cuentan con la maquinita de imprimir billetes; pero el misérrimo incremento en los haberes jubilatorios anunciado por el gobierno nacional, viene a dar la pauta de que en su caso, y a pesar de contar con ella, e incluso no trepidar en utilizarla a toda velocidad; el destino de esos billetes no es precisamente para atender a aumentos de sueldo, que al menos alcancen a igualar los mayores costos del diario vivir.

Es más, resulta totalmente desconcertante que en medio de esta situación, el gobierno nacional -y todos los de menor nivel que tienen una jerarquía institucional inferior- hayan tratado de guardar un imperturbable silencio -aunque se nota la molestia que provoca en los altos funcionarios el interrogatorio de la prensa, que por otra parte no es sino eco de la inquietud ciudadana- acerca de lo que aparece como una indispensable reducción en el monto de las remuneraciones estatales que sobrepasen un determinado nivel.

Es que esa sería una de las maneras de dar una abrupta señal de hasta qué punto, en lo que como país respecta, y también de una manera similar en el caso de la mayoría de las personas y familias, “ya” estamos más pobres, y que no hay que esperar el fin de la cuarentena para que así la situación se muestre de una manera acabada.

Con el agravante, de que sin tratar para nada de aparecer como agoreros, solo a medida que pasen los días y que ingresemos a una “normalidad distinta”, ya que ella no significará retrotraernos a la de la anterior a la llegada del virus -la que, por otra parte, no era la que cabría calificar como de excelente ni mucho menos-, sino a otra que en forma progresiva nos hará llegar a comprender su verdadera dimensión.

Un estado de cosas que los dueños de empresas grandes, medianas y pequeñas y la mayoría de sus empleados ya la sufren en carne propia. Algo que no significará que no nos quede otra cosa sino bajar los brazos, sino hacer precisamente lo contrario; ya que como se podría decir, efectuando una interpretación eufemística del habla de nuestro presidente, “lo primero y principal es estar vivo; y lo demás, según el empeño que pongamos en el esfuerzo, se nos dará por añadidura”.

Sin olvidar de atender a las palabras expertas del sindicalista gastronómico Barrionuevo, acerca de la importancia que tendría en reforzar el esfuerzo, el que “dejemos de robarnos entre nosotros”.

Fuente: El Entre Ríos
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