Enamorado, un cura deja los hábitos

El domingo, Gustavo Mendoza, sacerdote de Paraná, anunció a sus fieles la decisión. Contó que se enamoró y aunque sigue intacta su vocación, prefiere seguir otro camino para no incumplir su voto de castidad.

Dice que cuando se lo comunicó a Puiggari, el obispo le consultó de qué modo harían pública su decisión. “Diga la verdad, monseñor”, le respondió. No va a tramitar la dispensa, de momento, y tampoco va a trabajar en una escuela católica: se va a emplear en un drugstore.
Gustavo Mendoza va a cumplir 39 años en agosto, pero antes de cumplir 39 años en agosto tomó una decisión: el domingo, y después de la misa, le anunció a su comunidad de la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, de La Floresta, que deja el sacerdocio.
Y les dijo por qué: porque se enamoró de una mujer, y aunque la vocación sigue siendo fuerte, eso les dijo, no puede sostener un precepto que la Iglesia obliga a todos los clérigos: el celibato. Pero más que eso: quiero ser honesto con ustedes y conmigo, les dijo, y por eso tomé esta decisión.
Antes de que pasara todo eso, el domingo, antes de que Gustavo Mendoza cumpla 39 años, en agosto, maduró bastante la decisión: irse, dejar los hábitos, hacer vida de mundo, dejar la sacristía, el clerigman, los bautismos y las confirmaciones, y casarse, formar una familia, conseguir empleo, vivir como un laico más.
“Esto venía de antes”, me dice, en un tono calmo.
Prefirió hacerlo de ese modo: sin habladurías; irse de frente, hablarles de modo honesto a sus fieles, diciéndoles por qué se iba.
La gente, los fieles que el domingo estaban en misa, lo recibieron bien, y le prometieron algo: una despedida.
Modos
No siempre es así dentro de la Iglesia Católica. En ocasiones, conviven las dos opciones, y el celibato se hace añicos. Gustavo Mendoza no quiso seguir ese camino. Primero lo habló con sus padres. “No todos lo comparten, pero aceptaron mi decisión”, dice.
Después lo habló con el obispo Juan Alberto Puiggari: le explicó motivos, le dio razones, y prometió una sola cosa: que diría la verdad, que explicaría por qué se iba. Ese porqué es una mujer. “Me enamoré”, dice, y no le da muchas vueltas al asunto. “Me pasó eso: me enamoré”, repite.
No quiere lo que sabe que vendrá: las habladurías, el correveidile, el bisbiseo entre algunos de sus colegas curas, tan proclives al chisme, tan cuidadosos del qué dirán. “Si vas a escribir algo, contá por qué me voy –me previno, cuando supo que la llamada que le había hecho era para una nota–. Me voy porque me enamoré de una mujer, no hay otro motivo. Mi vocación sigue tan fuerte como desde el principio, pero no puedo sostener mi voto de castidad”, cuenta.
En esa charla que tuvo con Puiggari, recuerda, el arzobispo le preguntó, como le preguntaría a cualquier otro cura que decide dejar los hábitos: “¿Qué decimos? ¿Qué contamos de vos?”.
Eso dice que le preguntó Puiggari.
–Le dije: “Diga la verdad, monseñor. Diga que me voy porque me enamoré”.
Este lunes, la Curia informó de modo escueto que ocurrieron “nombramientos y designaciones”, como si una cosa y la otra fueran tan distintas. No habló de ningún enamoramiento.
El cura Ricardo López, que estaba en la Parroquia de Santa Elena, asumirá ahora al frente de la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, que deja Gustavo Mendoza.
De Mendoza la Curia no dijo ni mu
–Salió el decreto de nombramiento de otro cura en tu parroquia. ¿A qué lugar te trasladan? –fue lo primero que le pregunté–.
–A ninguna. Me voy a mi casa.
Su casa paterna es en Villaguay, donde nació el 4 de agosto de 1976 (es cura desde abril de 2002). Pero no vuelve a Villaguay: se muda a Santa Fe, donde vive una hermana, y donde ya tiene ofrecimiento de empleo. Va a trabajar en un drugstore, y a continuar la historia con esa chica que conoció siendo cura y con quien ahora va a hacer vida de pareja habiendo dejado el sacerdocio.
-Podrías trabajar en una escuela católica –le sugiero–.
–No nos permiten. A ningún cura que haya dejado la Iglesia le permiten trabajar en una escuela católica. Somos re amplios –responde, con sorna–.
No será inmediato el traslado, tampoco el cambio, de igual modo. Antes debe concluir con el papeleo, recibir a su reemplazante, y eso tomará un tiempo.
Allá. En los bordes de la ciudad por donde el cura se movía, los barrios San Martín, Mosconi Viejo, Antártida Argentina, Kilómetro 3, Mosconi Nuevo, Mosconi III, Alloati, Humito y La Floresta, hay asombro, pero hay también mucho agradecimiento. Se lo dicen del modo como ahora la gente se comunica, a través de la red social Facebook. “Gracias por todo Gustavo, Dios te bendiga y la Madrecita te proteja con su manto en este nuevo camino”, le escribió alguien en el muro de la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe.
Estela Salva, secretaria parroquial, catequista, ministra de la Eucaristía y exploradora, dice que se sorprendió, y mucho, con la noticia.
–Me cayó como un balde de agua fría –cuenta–.
No está molesta: está triste. Aunque valora el gesto del sacerdote.

–La comunidad le agradeció la sinceridad. Estoy muy feliz por él, aunque me afecta el hecho de que nos deja una gran persona, que fue un excelente sacerdote. Gustavo nos ha ayudado mucho, ha generado muchos cambios, para bien.
A La Floresta había llegado a finales de 2010, cuando el exarzobispo Mario Maulión lo nombró administrador parroquial. Llegó para suceder al hoy rector del Seminario Arquidiocesano, Eduardo Jacob, y dio continuidad a un trabajo pastoral que había iniciado el antecesor de ambos, Agustín Hertel: caminó los barrios, sostuvo el comedor, batalló contra la droga cuanto pudo, le puso el pecho a la pobreza más absoluta.
A veces perdió
Hizo, en todo eso, lo que pudo. Supo de sus límites. Eso me dijo una mañana de enero cuando hablé con él.
Venía de una parroquia sin tantas urgencias, Santa Teresita, y acá, en La Floresta, el Volcadero, aprendió a arremangarse la sotana, a pisar barro, olió la pobreza bien de cerca.
Jugó a la pelota con los pibes al costado de los anegadizos, se subió a los carritos de los cirujas en las fiestas patronales de Guadalupe, golpeó puertas para socorrer las urgencias de Cáritas.
Y un oscuro invierno de 2011 fue a rezar un imposible: en el velorio de un nene de dos años, muerto de frío y desnutrición. “En Guadalupe fue el lugar donde me sentí más pleno como sacerdote, en el servicio a los más necesitados. Eso para mí está intacto”, dice. “No me voy resentido ni enojado. Amo la iglesia. Pero el cura tiene que ser célibe, y yo no puedo seguir en la Iglesia”, cuenta.
Ahora está listo para empezar otro camino, sin urgencias. “Yo tomé la decisión de irme; otros a lo mejor toman otro camino, llevan una doble vida, yo no los juzgo. Respeto al que sigue y la lucha desde adentro”, revela.
–¿Vas a tramitar la dispensa en el Vaticano?
–Por ahora, no. Me lo tomo a todo con soda. Quiero ir paso a paso. Sin apuros.
Ilarraz, tan cerca
Gustavo Mendoza fue alumno del cura Justo José Ilarraz, investigado por la Justicia por los abusos ocurridos en el Seminario de Paraná, entre 1985 y 1993.
“No fui abusado –aclaró– pero conocí lo que pasaron las víctimas”.
Lo que sabe lo contó a principios de diciembre, cuando fue citado como testigo por la Justicia.
Sabía que había un mandato no escrito: ir donde el obispo Juan Alberto Puiggari antes de declarar en la Justicia, y contarle lo que pensaba decir. No hizo eso: no creyó necesario anunciar antes a su superior lo que pensaba decir en la Justicia. No lo hizo.
Lo que sí hizo fue hacer declaraciones periodísticas después de declarar.
“Estamos al servicio de la justicia para que esto, que no deja de ser una preocupación, se pueda esclarecer. Ojalá que lo que diga pueda ayudar”, contó.

Hoy lo sostiene
Ansía que la causa Ilarraz se esclarezca, que se encuentren los responsables, que las víctimas encuentren la paz de la justicia.

Fuente: El Diario de Paraná

 

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